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Ana es tristeza, pura tristeza. Un agujero negro se ha tragado todo lo que ella era, y sentía, y vivía. Ya no existe nada que impulse la vida: ni comer, ni dormir, ni trabajar, ni siquiera salir con sus amigas. Él se ha llevado todo junto con su amor. Ana siente un rechazo muy profundo a su propia
femineidad, a su personalidad y no puede comprenderlo.
A Andrés le pasó cuando su pareja de hacía 4 años le dijo que el amor se le había terminado. Su respuesta inmediata fue empezar a salir compulsivamente con otras personas. Necesitaba reforzar su sensación de masculinidad. El desamor no tiene sexo.
Un estudio publicado en la revista especializada
Science, denominado “¿El rechazo duele? Un estudio sobre la exclusión social”, conducido por Naomi
I. Eisenberger, científica de la Universidad de California en Los Ángeles y sus colaboradores, demostró que el rechazo produce en una zona del cerebro llamada corteza anterior del cíngulo, que responde al dolor físico, la misma reacción que un estímulo físicamente doloroso. Pero, ¿qué pasa desde el punto de vista emocional?
La Lic. Rosana Peirano, psicóloga, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de Mar del Plata explica: “transitamos desde que nacemos múltiples separaciones. La ruptura de un vínculo de pareja reedita nuestra historia de pérdidas. Si perdemos nuestro objeto de amor sentimos que nuestra capacidad de amar ha desaparecido”.
El Lic. Ezequiel López Peralta, psicólogo clínico, sexólogo, docente invitado de la Universidad Nacional de San Luis, la Universidad de la Laguna (Tenerife), del colegio de psicólogos de San Juan y de San Luis, apunta que el dolor por la ruptura de pareja puede tener diferentes causas: el temor a la soledad, la nostalgia al recordar viejos buenos momentos, los sentimientos de culpa por el
dolor del otro, los sentimientos de abandono y su repercusión en la autoestima y todo el trabajo que implica tener que ubicar a la persona con la que compartimos una relación de pareja en otro lugar psíquico.
El Lic. Norberto Litvinoff, psicólogo clínico, sexólogo y sociólogo, agrega: “una separación no deseada es una herida a la propia autoestima, al orgullo personal. Es difícil comprender y aceptar la libertad e independencia de la otra persona; es una confirmación de que no tenemos poder sobre la voluntad del otro.”
Atravesar el duelo
Los profesionales coinciden en que como en todo proceso de separación, es necesario elaborar un duelo y que existen dos modalidades: el duelo normal y el patológico.
Peirano afirma que el duelo normal tiene diferentes momentos: el primero es la aceptación de la realidad: quien amamos no está más con nosotros y para evitar el dolor de la ausencia uno tiende a aferrarse al amor que fue. En otra instancia, la realidad resulta extraña: recurrentemente deseamos retener a nuestro objeto de amor. Lo saludable es la aceptación de la realidad, devastadora para el alma, pero real y este desapego del objeto de amor requiere un proceso particular y un tiempo determinado. “En el duelo normal, la persona lentamente abandona los lazos de amor, comprende la imposibilidad de dominar los deseos del otro. La sensación es muy dolorosa; por eso ejercen tanta atracción los ‘brevajes mágicos’, las
feromonas, la brujería, cuyo objetivo es doblegar la voluntad del otro. Si la persona dolida no es consciente, se vuelve un tirano, no le importa lo que le sucede al otro: quiere el poder de retenerlo. Aquí se habla del duelo patológico”, explica
Litvinoff.
En el duelo patológico hay una negación intensa de la independencia, se intenta suprimir la autonomía del otro, cuesta aceptar la separación y la persona queda atrapada en una situación sadomasoquista. “Esto se da mucho, dice
Litvinoff, en las parejas que yo llamo ‘cadena de goma elástica’: están juntos, se separan, se vuelven a juntar y como una tira de goma, mientras más fuerte es el alejamiento, más fuerte es el reencuentro. A veces este proceso cada vez más desconfiado y doloroso dura años, se convierte en una situación violenta y destructiva para ambos".
Por su parte, López Peralta sostiene que, aunque los duelos son tan variables como las personas, es posible describir un esquema: una fase de negación, donde pueden aparecer conductas compulsivas como salir continuamente, conocer y estar con otras personas, atravesar una especie de exaltación psicológica. En algún momento se “cae” en la realidad y se recortan los aspectos positivos de la ex pareja, olvidando aquello que condujo a la separación. En esta fase muchas parejas suelen retomar su relación de manera irracional y, al volver, descubren por qué se separaron. De no mediar ese impulso, son característicos los sentimientos de melancolía: tristeza, angustia, falta de voluntad, apatía, etc. Más adelante (puede llevar varios meses) puede tenerse un panorama más amplio y ver la situación desde los aspectos positivos y negativos, de manera más integrada, y por lo tanto es posible una evaluación más racional. Recién en esta fase se logra una comprensión del motivo de la separación.
Personas más proclives a sufrir el mal de amores
“Todos padecemos temas, problemas y malestares relacionados con la pérdida del amor del otro, no es sólo cuestión de ‘tipos de personalidad’, pero hay predisposiciones psíquicas hacia los estados melancólicos o duelos patológicos”, explica
Peirano.
Según Litvinoff, las personas más propensas a sufrir el mal de amores son las románticas o depresivas, proclives a la “liturgia
boleriana” (los boleros reflejan y reiteran la imposibilidad de la ruptura). Se experimenta una idealización, una proyección de aspectos idealizados del otro. La persona está enamorada de un objeto ideal interno: no está en contacto real con el otro, sino con su propia idea de quién es.
López Peralta afirma que son más proclives a caer en estos estados las personas dependientes, que creen necesitar compañía para subsistir y muchas veces prefieren convivir con una relación mediocre y no afrontar la soledad. “Se sienten tan débiles y con la autoestima tan baja, que no pueden pensarse como individuos con autonomía. Cuando les toca separarse porque no les queda alternativa, se aferran inmediatamente a otra relación, cambiando una dependencia por otra. También sufren mucho quienes tienen una personalidad culposa, que se sienten responsables por lo que les pasa a los demás y no toleran el sufrimiento ajeno. Con tal de evitarlo, son capaces de sostener por años una relación que está desgastada hace tiempo”.
Litvinoff opina que en los casos más graves, la solución pasa por un proceso terapéutico: “En muchas ocasiones, dice, los amigos, al no comprender la intensidad del vínculo, en lugar de ayudar ofenden (sin mala fe, claro) a la persona dolida. Le dicen por ejemplo: ‘es un
tarado’, ‘es una mina que no vale la pena’. Esa no es la manera de salir del pozo, porque en lugar de ayudar a reconstruir la autoestima y la autonomía, se le critica por haber elegido mal. Los amigos no suelen estar preparados para lidiar con estos temas, que tocan aspectos tan delicados del psiquismo. Por eso es necesario hacer un análisis profundo de la situación para ayudar a quien sufre a recuperar la sensación de propia valía. Para sanar la herida emocional se requiere un tiempo de cicatrización: hay que curar el corazón partido”.
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